Canadá: el lugar donde puede volver a abrirse el tiempo


¿Cuánto ha incidido el hecho de establecerse en Canadá en las perspectivas de un escritor inmigrante proveniente de una isla caribeña tan peculiar como Cuba? A esa pregunta responden a continuación algunos de los autores incluidos en El árbol y la escarcha…, la primera antología de la literatura cubano-canadiense, volumen que acaba de ser publicado por Cristálida Ediciones.


Escribir destapando todos los truenos

Lídice Megla

Se dice que cuanto más desacostumbradas sean las situaciones a las que tengamos que enfrentarnos, más sencillo es proceder a la observación de la propia mente. Desde esta premisa, comenzó el viaje interior y mi proceso escritural en Canadá, que luego fue transformándose y creciendo junto al amor por los entornos naturales. Y que ha llegado a convertirse en una suerte de meditación: caminar por los bosques y escribir, un acto que va a la par del proceso creativo y de la lectura. Por supuesto, esto no fue súbito; hace treinta años que vivo en estas tierras. También tuve que ser la recién llegada, la emigrante, criar hijos, reinventarme, adaptarme; estos no fueron años de mucha creatividad sobre el papel, pero sí de una profunda transformación personal que fue modificando mi manera de estar en el mundo, y que me procuró otro tiempo, uno más dilatado y lleno: la capacidad de descubrir no solo el mundo que me resultaba nuevo, sino también de entenderlo e implementarlo como instrumento de la experiencia de escribir. Con esto quiero decir que, lejos de ser una modalidad del enternecimiento, ha sido aquí, en Canadá, donde he podido arrancar y hallar la capacidad de dejar que escribir “destape todos los truenos”. Mi propia Ítaca…, si entendiésemos que esa búsqueda por nostalgia tal vez sea la memoria tras las huellas, y que el viaje, tal vez, sea el lugar donde puede volver a abrirse el tiempo, el infinito presente.


En busca de mi YO perdido

María Karla Águila Díaz

Emigrar ha sido aprender a vivir lejos de mí. No quisiera decir que no estoy conmigo; más bien es que dejé de caminar con todas mis partes. Camino como si me faltase un brazo y me las ingenio para que nadie lo note. Dejé Cuba, pero a veces vuelve en una palabra, en un olor, en algo que quisiera contar. Antes escribía sin pensar tanto; ahora hay cosas que no sé cómo nombrar. Entre otro idioma, otra cultura, me he ido quedando callada. No porque ya no tenga nada que decir, sino porque apenas encuentro dónde empezar. Paso los días resolviendo la vida y dejo para después contar lo que siento, lo que extraño. Y cuando por fin me siento a escribir, me cuesta reconocer mi propia voz, mi nueva voz. No me reconozco. Quizás emigrar también haya sido eso: volverme un poco extranjera en mis palabras. Quiero esta vida que estoy construyendo, aunque a veces me falte dentro de ella. Escribo para buscarme, para ver si entre lo que dejé y lo que soy al fin me encuentro.


Desde el desfase

Lizandro Arbolay

Mi relación con la literatura siempre ha sido el desfase. En Cuba vacilaba estrellas con un microscopio y en Canadá estudio células con un telescopio. Tengo claro que en ese vacilón intervenía la juventud en un país cuyo gran recurso natural es el tiempo, como ahora interviene la bipolaridad en una cotidianidad dividida entre el francés y el inglés. Sí, me fatigo expurgando la sintaxis y cuestionando cualquier decisión. También, nunca consigo la triple “b” del texto: bueno-bonito-barato que en otros admiro. Por suerte, aún gozo con las imposibilidades. Cuando sospecho del placer (y la sospecha coincide con la maldita circunstancia), me repito que la vida es corta y la literatura es larga, mantra del escritor Francisco García González, que mejora a Kundera, que parafrasea a Hipócrates, que probablemente comentaba a un egipcio, hoy perdido. Me gusta imaginarme parte de esa longaniza, los pensamientos desfasados, los tipos desajustados, los focos desprendidos. De ella extraigo el único deber profesional que reconozco: leer cuanto se pueda y escribir cuando no quede otro remedio.


Ocamaniri

Yansulier García Álvarez

Mi relación con la literatura comenzó mucho antes de emigrar, primero como lector; más tarde, a través de mi interés por el periodismo literario. Eventualmente, ya instalado en Canadá, sentí la necesidad de contar historias. Y la literatura ha devenido un refugio donde memoria e imaginación se funden en una misma y única materia. Elegí una palabra taína para nombrar ese lugar: Ocamaniri, pequeña isla mítica donde recuerdos entrañables, traumas viscerales y las más desaforadas invenciones cobran cuerpo y alma. También se consuma en él una suerte de poética del contraste (lo bello y lo feo, lo cómico y lo trágico, la vida y la muerte) que para mí es la síntesis del mundo. Allí pervive todo aquello que el tiempo y la distancia han borrado del plano físico: la casa-abuela, el viejo pueblo, los fantasmas… Y un universo de posibles. Allí me evado cada vez que lo deseo y puedo hacerlo sin pasaporte, sin boleto, sin equipaje, para soñar la Nueva Jerusalén de William Blake. Escribir, en ese sentido, me permite viajar a la semilla o a la copa del árbol que será… sin tener que mirar afuera ni moverme de la que ha terminado siendo mi otra patria, la generosa matria adoptiva.


Una reconfiguración

Fernando Lobaina

Residir en Canadá por más de veinte años ha reconfigurado mi visión del mundo y consolidado mi voz literaria. Mi trayectoria transcurre en la confluencia de dos universos: la exigencia técnica de mi profesión y la vocación literaria. Esta doble experiencia ha enriquecido mi perspectiva, recordándome que el valor de un autor no radica en cuánto escribe, sino en su capacidad para leer, descifrar y asimilar la realidad. Al final, la literatura es el arte de traducir una mirada, y esa mirada se construye con la misma fuerza a través de la experiencia viva y de la palabra leída.


Nuevas raíces

Hebert Poll Gutiérrez

Mudarme a Canadá cambió mi manera de mirar el mundo y, a la vez, mi manera de hacer arte. Llegué pensando que continuaría siendo el mismo artista en otro lugar, pero descubrí que cambiar de país también transforma la perspectiva con la que contamos nuestras historias. Canadá me puso frente a nuevas culturas, lenguas, memorias y formas de entender la vida, y mi arte comenzó a buscar otros caminos. Así me convertí en un artista multidisciplinario: teatro, cine, artes visuales y literatura se convirtieron en distintas voces de una misma necesidad. No las veo como fronteras, sino como puentes para dialogar con las múltiples culturas que conviven en Canadá.

Ser inmigrante también me enseñó a mirar mi propia cultura desde lejos y, paradójicamente, a sentirla más cerca. El encuentro con otros artistas que también han cruzado fronteras me confirmó que todavía hay mucho por hacer. Hay puertas que necesitan abrirse, prejuicios que deben ser cuestionados y voces que necesitan ser escuchadas.

Mudarme a Canadá no borró mis raíces: les dio nuevas ramas. Cuba sigue viviendo en mi obra, pero descubrí que una historia puede cambiar de lenguaje sin perder su alma, y que también puede crecer al cruzar fronteras. Porque el arte puede convertirse en un puente entre quienes somos, quienes fuimos y quienes todavía estamos aprendiendo a ser.


La madurez

Francisco García González

Mi forma de ver la literatura, o sea, lo que esta ha contribuido a superarme como ser humano, no ha cambiado sustancialmente con respecto a mi establecimiento fuera de la isla. Solo ha madurado, porque es inevitable que el tiempo, las experiencias y las nuevas circunstancias modifiquen nuestra manera de leer y de escribir. A esa madurez ha contribuido, sin dudas, el fácil acceso a múltiples libros y autores que en Cuba no tenía a mi alcance por razones obvias: censura, desconectividad y aislamiento. Ese acceso me ha permitido ampliar mis referentes, confrontar otras formas de entender la literatura y descubrir voces que antes conocía apenas de nombre o que desconocía por completo.

Por otra parte, el hecho de ser inmigrante también ha incidido en la madurez de mi escritura. Vivir fuera del país nos obliga a mirar desde otra perspectiva tanto el lugar que se dejó atrás como el nuevo espacio que habitamos. Por esas razones mi escritura se ha complejizado y diversificado en cuanto a temas y puntos de vista, además de enriquecerse con experiencias que difícilmente habría tenido de permanecer en Cuba.


Un contraste permanente

Yordanis Domínguez Báez

Migrar es una empresa difícil que implica transformaciones profundas, tanto físicas como mentales. Cuando llegué a Canadá ya ejercía la literatura y otras formas de expresión artística como la pintura, la fotografía y el audiovisual. Sin embargo, cambiar de país implica inevitablemente una comparación, un contraste permanente entre lo que uno deja atrás y aquello que comienza a descubrir.

En mi caso, no solo cambié de país: cambié de clima, de paisaje, de sistema político y de dinámicas sociales. Vengo de una isla tropical, con un paisaje y un clima relativamente constantes, y llegué a un lugar donde las cuatro estaciones crean atmósferas completamente diferentes. Esa transformación exterior termina inevitablemente provocando transformaciones interiores y modifica la manera en que uno percibe y exterioriza la realidad.

Eso ha influido en mi literatura, particularmente en mi poesía, pero también en mi trabajo audiovisual. El invierno, por ejemplo, me atrae por su luz, el reflejo de la nieve, el blanco y esa sensación de calma aparente bajo la cual siempre parece estar ocurriendo algo.

Para mí, la literatura siempre ha sido una forma de exorcismo: un ejercicio profundamente espiritual que permite sacar de la mente aquello que no debería, o que no puede, permanecer atrapado en ella. Migrar no cambió mi necesidad de crear; cambió, en muchos sentidos, aquello que necesitaba decir y la manera de hacerlo.


Hubiera podido perderme

Ana Núñez González

Llegar a Canadá significó empezar todo desde cero. Aprender el idioma, a caminar por la nieve, estudiar y trabajar sin descanso para llegar a donde creía que debía estar. Pasé años alejada de la escritura, nunca del todo, pero lo suficiente como para no sentirme escritora. Intentaba “integrarme” a la nueva sociedad y eso supuso mucho sacrificio. Si no hubiera sido por los amigos en Cuba creo que mi escritura se hubiera diluido completamente. Pero allí estaban ellos, en especial el gran Roberto Manzano. Exhortándome siempre a aferrarme, a no soltar. Y hoy creo que mi escritura es mucho más profunda y universal, más abierta y consciente. De hecho, me gusta más la escritora que soy aquí que la que era allá.